Guía turística Málaga

Málaga, capital de Costa del Sol, conserva ese tono apacible y burgués, de ciudad acomodada, un poco comercial, un poco industrial, que le dieron los Larios, los Heredia y otras familias prominentes en los siglos XIX y XX. La agresión de la construcción despendolada de los últimos decenios no logro acabar con ese señorío antiguo de Málaga, aunque sigue intentándolo porque la esperanza nunca se pierde.

Malaga

El corazón de Málaga, la calle Larios, es una avenida señorial, flanqueada por algunos edificios de estilo Escuela de Chicago, que camina hacia el puerto con solemnidad de procesión. En el mismo conjunto entra la ancha Alameda, con sus ficus bicentenarios que cautivan a todo aquel que se cruza con ellos. Málaga es una ciudad muy antigua, fundada por los fenicios hacia el siglo VIII a.C. Cuenta con un variado patrimonio histórico y cultural, fruto de los numerosos pueblos y culturas que la habitaron.

Uno de los mejores ejemplos, es el teatro romano del siglo I. El visitante que busque monumentos, tendrá que subir al castillo de Gibralfaro para contemplar la mejor panorámica de todo Málaga, lo que incluye también una plaza de toros asfixiada entre torres de cemento.

Después quizá sea hora de dirigirse a la famosa taberna Antigua Casa de Guardia, donde sirven los típicos vinos Malagueños. Otro enclave para el tapeo, es El Palo, barrio de pescadores, a siete kilómetros del centro, que hasta hace nada conservaba su modo de vida tradicional. Desde el cercano monte de San Antón se puede disfrutar uno de los amaneceres más espectaculares de Andalucía.

Catedral del Málaga

catedral de malaga

A la catedral de Málaga la llaman cariñosamente la Manquita porque sin acabar. Fue un proyecto trabajoso: la cimentaron en gótico, la comenzaron en el más puro renacimiento en 1527, pero luego paso lo de siempre: las obras se iban alargando por falta de dineros, el proyecto iba pasando de un arquitecto a otro, de una época a la siguiente, y cada uno hacia su parte con arreglo a la moda del tiempo, progresivamente barroca.

A mediados del siglo XVIII, después de dos siglos y medio de construcción intermitente, se remató una de las torres y ahí terminaron las obras. Queda la catedral inacabada como si fuera de mazapán y un cuchillo goloso la hubiese desmochado y privado de sus remates. Menos mal que por lo menos cubrieron sus tres naves antes de suspender los pagos.

El visitante admiró la espléndida sillería del coro, los mármoles del altar de la Encarnación, y la platería del museo. Luego se asomó a la adyacente iglesia del Sagrario, con su patio de los naranjos, y continúo por la calle Cortina del Muelle hasta la plaza donde se levanta la mole serena del edificio de Aduana, neoclásico con toques barrocos. Asomado a sus patios y escalinatas, imaginó que bajaban y subían ilustrados patricios de casaca de seda y peluca empolvada, con sus pajes de librea. Quizá también alguna dama de poderoso corpiño, un lunar falso en forma de corazón en la sien y dos chapetas de carmín en las mejillas.

La Alcazaba de Gibralfaro

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La alcazaba de Málaga es por fuera castillo y por dentro palacio. El castillo tiene su doble muralla de espesas torres y la del homenaje. Por dentro guarda un cálido corazón palaciego que sueña con fuentes y babuchas de seda. Hay un palacio antiguo que data de la época de Badis el Ziri, reyezuelo taifa de Málaga, y otro de reiterativo estilo nazarí, tan moderno que lo construyeron en los años treinta imitando a la Alhambra de Granada. Este palacio tiene lo único que le falta a la Alhambra: el mar, un mar inmenso, azul, brillante como una espada de la India.

La alcazaba es también un laberinto de jardines y rincones, lugares de belleza atemporal, madrigueras del alma, muy a propósito para enmarcar declaraciones de amor.

Museo de Bellas Artes

El viajero había leído que una visita a las dependencias del Museo de Bellas Artes constituye una auténtica fiesta para el espíritu porque suscita un caudal de emociones estéticas. Como el viajero es un sibarita pobre y sigue los sabios consejos, que los lugareños le dan, se dirigió, al arrullo de este reclamo, al antiguo y austero palacio renacentista de la calle San Agustín donde está instalado el museo y allí admiro logrados lienzos de la escuela malagueña del siglo XIX.

En el cuadro de Simonet, el cadáver desnudo de una mujer hermosa yace sobre el mármol de la sala de autopsias. Un anciano médico, vestido de oscura levita, sostiene en la mano, pensativo, el corazón de la difunta. El espectador sensible echa la imaginación a volar: ¿será su hija? ¿Una alumna por la que sintió deseos irrefrenables? ¿Su amante quizás?

Cuevas de Nerja

Cuevas nerja

Nerja, la bella ciudad malagueña esta al pie de una sierra y a lomos de un acantilado que la asoma al mar. Sus cuevas, entre las más impresionantes de toda Europa, se descubrieron en 1959 e inmediatamente se convirtieron en una de las mejores atracciones turísticas de la Costa del Sol.

Las cuevas de Nerja no son solo un paseo por la geología, sino por la Prehistoria. Hace 25.000 años, en el periodo auriñaciense, estas grutas albergaron a un pueblo que dejo en sus paredes pinturas rupestres que representan una variada fauna de peces, ciervos, cabras, caballos, así como símbolos abstractos. Solamente algunas salas estas iluminadas y abiertas al público: la del Belén, la del Ballet, la del Cataclismo, la de los Fantasmas… En total, alcanzan un desarrollo de 5 kilómetros. La cueva es también un ámbito de cultura, un teatro donde se representan espectáculos de luz y sonido y el Festival Internacional de Música y Danza de la cueva de Nerja.

Quizá ya se danzo en este ámbito misterioso hace miles de años, a la vacilante luz de las hogueras que proyectarían fantasmales sombras sobre las oquedades y las paredes, ahondando en el misterio de la madre Tierra.

Torremolinos

Torremolinos

Torremolinos, antes del boom, era dos docenas de casas blancas en torno a la torre de Pimentel, el promontorio Molino del Pan Triste y unas playas kilométricas de finas arenas de la Carihuela, el Bajoncillo y Montemar. La torre de Pimentel, con sus muros grises, sigue existiendo entre rascacielos y las urbanizaciones lo han invadido todo con su arquitectura racionalista o funcionalista o abaratista, minimalista o cómo demonios se llame. Hay más discotecas que en Nueva York, más bares que en Madrid y más restaurantes chinos que en Pekín.

Hay hoteles con forma de barco, hoteles con forma de plaza de toros, hoteles con forma de corral de vecinos, incluso hoteles con forma de hotel. Los aficionados a los palacios de congresos no deben pasar de largo sin visitar el espléndido palacio de congresos de Torremolinos, un bunker de blanqueado cemento en cuyo interior se admira la lámpara de cristal más grande del mundo.

Aquí se celebran los referidos congresos con gran éxito de crítica y público. En Torremolinos, nadie se aburre. Es uno de esos lugares en los que el visitante se sienta a tomar un refresco en una terraza, y a los cinco minutos acuden tunos a cantarle.

Usted se preguntara a que ha venido a Torremolinos. Pues ha venido por ver el Museo del Tatuaje y a contemplar la puesta de sol desde una playa de finas arenas transitadas por gráciles muchachas y hermosos donceles mientras saborea un espeto de sardinas, caña y brasa.

Marbella

Que se puede decir de Marbella. Hay un kilómetro y medio de ciudad, la llamada milla de oro, donde un metro cuadrado de terreno vale más que en la puerta del sol de Madrid.

Marbella es la feria de las vanidades, la ciudad encantada donde reside la jet society, la gente guapa, la gente que sale retratada en las revistas del papel cuché con que las amas de casa embrutecidas complementan su ración de telenovelas. En Marbella corre el dinero a espuertas, hay chalés de lujo, mansiones de petrodólares, una blanca mezquita rodeada de flores y palmeras, perros que comen con platos de plata… Pero todo esto es privado y no está al alcance del modesto viajero. El viajero, por su interés sociológico más que por otra cosa, se dio una vuelta por Puerto Banus, donde atracan los yates y aparcan los coches de lujo, y husmeo por las boutiques exclusivas y por los lujosos pubs y bares extranjeros.

Puerto Banús Marbella

Es otro mundo, limpio, aséptico, puro signo exterior de riqueza, donde el personal hace alarde de belleza y felicidad y donde buscaras en vano en algún comercio, una gorra que pueda estar a tu alcance. En torno a Marbella se extienden urbanizaciones de lujo, diseñadas por afamados arquitectos en estilo neopopular andaluz, en estilo organicista, en estilo pueblo marinero, en estilo posmoderno y hasta en estilo cantábrico, amén de todos los mestizajes estilísticos inimaginables como el postmoderno arábigo y el estilo persa-nabateo-ruso-canadiense, vamos, los que tienen dinero.

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